El Huerto

El Huerto

En uno de mis viajes a Credarco, pude comprobar que en el fondo todo es pura nada. Porque si no hubiera mercaderes vendiendo polleras, no habría recordado a la gitana que se me acercó en Paris. Sus collares muy rojos, casi tan rojos como las frutillas que una vez saboreé en Antares. Me las había vendido la madre de la polaca más sutil que había visto en años. Cuando regrese al hotel pensé que no la vería. Pero esa noche bailaba sobre la silla de un bar de turistas. El martini más sabroso fue el tercero. Después hubo cervezas. Y entonces recordé las cerezas que me había dado mi madre en aquel huerto junto al mar de Valparaíso. Y ese mar gigante; no eran mas que muchas gotas que alguien quiso agrupar.
Pero no tenias una pollera cuando te vi bajar por la orilla aunque los mercaderes (en Valparaíso eran mucho más amables que en Credarco) silbaban tus piernas. No llevabas ningún collar y odiabas los gitanos. Ellos siempre venían a tu puerta para vender automóviles que nunca habían comprado. Cargabas un cesto de frutillas que inevitablemente me llevaron a los pies de la polaca bailarina. Pero no te preocupes. Todo lo que alguna vez sucedió en el fondo es pura nada Como el mar, que no era un gintonic derramado, ni mucho menos una gran cerveza azulada. Por que los recuerdos ya no son nada, entonces puedo verte caminar, bajando por la orilla sin que haya otra realidad. Y podré llevarte a tomar unas cervezas y luego a tirarnos sobre las cerezas, en ese colina junto al mar.