La Emperatriz

La Emperatriz

Por Tomás de Marcos

La Emperatriz


Esse deos, i, crede: fidem iurata fefellit,
       et facies illi, quae fuit ante, manet!
quam longos habuit nondum periura capillos,
       tam longos, postquam numina laesit, habet.
candida candorem roseo suffusa rubore
       ante fuit; niveo lucet in ore rubor.
pes erat exiguus; pedis est artissima forma.
       longa decensque fuit; longa decensque manet.
argutos habuit; radiant ut sidus ocelli,
       per quos mentita est perfida saepe mihi.
scilicet aeterni falsum iurare puellis
       di quoque concedunt, formaque numen habet.

Ovidio, Amores, III, 3, 1-12.

Anda, cree en la existencia de los dioses: ella se ha burlado de mí, después de haberme jurado fidelidad, y el rostro que antes tenía lo sigue teniendo ahora. Los cabellos tan largos que tenía cuando todavía no era perjura, igual de largos los sigue teniendo después de haber ofendido a los dioses. Antes era de tez blanca y un rosado rubor matizaba su blancura: el mismo rubor brilla ahora en su rostro de nieve. Sus pies eran pequeños: reducidísima es ahora la forma de sus pies. Era alta y hermosa: alta y hermosa sigue siendo. Tenía unos ojos chispeantes: y ahora emiten destellos igual que una estrella. Sin duda los dioses eternos permiten también a las mujeres jurar en falso, y su hermosura les subyuga.


Prefirió llegar al mundo de forma abrupta. Los profetas jamás pudieron prever tales acontecimientos y los años que precedieron perdieron toda eficacia hasta ser condenados a saltar del acantilado de Cedros por farsantes. Era pequeña, como una molécula, un diminuto diamante. Sus dedos, al moverse, producían halos similares a los de un cometa. Verla tocar el clavicordio representaba una escena de viva acción, y cuando empezaba su canto, sus respiraciones movían el polvo, movían el aire, y formaban extrañas y bellas criaturas aladas que poseían instrumentos y acompañaban las melodías del piano, embriagando los oídos de los valientes espectadores que caían a los pies de la intérprete.

Su pelo flotaba como una constante brisa. De forma rítmica y aleatoria. Ella definitivamente era de materia viva, pero de sustancia efímera, etérea, extranjera. Sus ojos siempre habían sido un dilema para pintores. Comenzaban a realizar bocetos que luego rompían. Es que poseían el fuego de lo alto, pero tan vivaz era esa llama que los ojos de un mortal no podían percibir semejantes colores. Es por eso que esos ojos negros no eran negros realmente. Eran terriblemente oscuros, claro. Porque muchas veces la impotencia, la ignorancia, ante la urgencia de dar respuestas, proyecta oscuridad. Y esos eran sus ojos. Oscuridad, tenían el color de la impotencia. Y los artistas intentaban pintarlos pero nunca llegaban a ese verdadero color. ¡Inútil tarea, oh maldito, ay, ay! Era lo único que decían, y arrojaban el pincel por temor a enloquecer.

Cuando despertaba a la mañana, parecía haberse dormido con el mismo sol. Las sábanas blancas se transformaban en brillante luz que teñía la habitación real de nubes que se fundían con el color de su piel. El espectáculo era solo semejante a los amaneceres. Es que en realidad era eso y solo eso. El sol ya no salía por el este. Ahora lo hacía desde su lecho. Ella abría los ojos y las bestias y las aves despertaban del insomnio. Todos se congregaban y miraban el nacimiento del sol.

Los poetas trabajaban sin descanso. Soñaban despiertos y luego dormían para poder escribir.

Astro angelical centelleante / misterioso reflejo del infinito / hacedora del primer verbo / concepción de la libertad…

Y así hasta el hartazgo. Algunos eran buenos, otros eran desbocados, pero todos eran plebeyos. Todos eran intentos inútiles, acciones gratuitas, actos reflejos de mentes desveladas por su fuego.

Tardes celestiales eran cuando al mar corría a mojarse. El agua ya no era agua, sino aire enjaulado en gotas de cristal. Y reía en la espuma. Balanceaba su cuerpo abrazando las olas que jugaban con ella como lo hacían los delfines, que entonaban sutiles versos.

La sal tiene tu nombre / hermosa deidad que fluye / desearía que reines mi océano / desearía no ser / con solo verte nadar a mi lado.

Los años corrían felices. Como caballos pintados en una rueda que gira. Todo seguía girando, todo era lo esperado. Con la llegada de tremenda divinidad, los relojes ahora cantaban felices. Los malos augurios eran tiernos susurros, la decadencia era ahora un leve dolor.

La cosmovisión de los grandes filósofos había cambiado. No preguntaban por qué, sino que echaban sus cuerpos al sol para bailar desnudos de interrogaciones. No valía la pena atormentar debates inconclusos, porque ella había provisto de principio y de fin a todo argumento antes manoseado por la retórica. La duda ya no era propia del hombre. Abofetearse para descubrir la moral era un recurso olvidado. Los relatos ya no tenían tragedia, no había choque de acciones, la lucha por triunfar era ahora solo un juego olvidado. No había primeros ni últimos. Porque antes siempre estaba ella. Y solo ella decidía si llovía o no sobre los campos ardientes de deseo.

El mundo puede perecer / pero la muerte ahora es de ella / morir uno puede / pero no dejará de sonreír al verla / ¿habrá algún lugar en donde no estés? / porque solo perderme en tu gracia deseo / tu laberinto es camino seguro / a pesar de que muera de sed / porque ahora mi culpa ya no es más culpa / sino ganas de volverte a ver.


Dejando de lado las locuras que se producían en el reino, muchos se preguntaban cómo todo iba a terminar. Porque si ella había sido el principio, de alguna forma todo ha de terminar. «Siento miedo de que sus deseos se corrompan», dijo Artemise, uno de los sacerdotes reales. Es que ella no parecía ser de las débiles, que por unas tontas monedas de oro sucumben hasta entregar su cuerpo. Porque el cuerpo era lo más valioso que alguien podía tener. Y era costumbre en esas épocas que cientos de supuestos ángeles terminasen arruinados por la codicia y deseos de poder. Ella era diferente. Caminaba levitando entre seres inferiores que solo podían intentar imitarla, obteniendo como resultado el tosco baile del fracaso. Pero su corazón estaba inquieto. Y perturbaba almas para robarles algo de su calor. Porque en el fondo ella tenía frío. Jugaba, mordisqueaba frutos y luego los arrojaba al suelo, donde meses más tarde crecían frutos un tanto golpeados por el granizo que ella engendraba al sentir frío.

Sus movimientos eran cada vez más vivos y erráticos. Solía quedarse escuchando los versos de algún poeta, pero en el fondo era solo curiosidad. Como un gato que mira la bola de hierbas rodar por la colina.

Sus noches solían ser largas. Sentía que dormía, pero que nadie la tapaba. Ni las sábanas más puras lograban cubrir su alma, que derramaba líquidos de tristeza que iban a parar a los ríos (para alegría de los peces).

Ella sabía que el nombre estaba escrito. Ella tenía la certeza de que su Dios, años atrás, había forjado el nombre del alma que la acompañaría por siempre. Y ella buscaba y fracasaba. Acechaba todas las miradas, revisando alma por alma, corazón por corazón. No dejaba escondite por revisar.

¿Quién es, oh Dios mío, / esa persona que tú me enviaste? / ¿dónde la puedo hallar si ya fuerzas no tengo, porque él me las ha quitado?

Todo parecía sucumbir en una triste oscuridad sin consuelo. Solía llover sobre los campos ardientes, pero el agua nada podía hacer. Sus labios se resecaban. Probaba ungüentos salitres, pero las heridas no cerraban.

Pero un día el viento trajo noticias del más allá.

Hay quien pronuncia tu nombre / hay quien dice que te ha visto.

Ella se sorprendió. Nadie jamás había podido pronunciar su nombre adecuadamente. Todos fallaban de algún modo.

—Traigan a ese que dice saber mi nombre —dijo con ávido espíritu.

Y luego de dos lunas, él llegó.

Ella miró los ojos de ese ser, que sonreía sutilmente. Y el instante fue una larga campanada. Y los sonidos se hicieron uno. Lágrimas cayeron y el fuego desapareció.

—¿Eres tú? —dijo sin pensarlo dos veces, aunque fantaseaba con conocer la respuesta.

—Aquí me tienes —dijo él.

Ella cerró los ojos y corrió a abrazarlo. Sintió su piel áspera, pero su corazón que latía con fuerza. Y ella sintió alivio. O calma. O quién sabe qué.

Los decenios que prosiguieron a ese encuentro fueron amenos y sutiles, plagados de bellos registros melódicos y letanías dulces pronunciadas al oído. Los poetas acompañaban los pasos de ella y él con tranquilos sonetos de gloria.

Porque ahora tus ojos sonríen / tus labios no tienen esa hiel / perfumas el rostro de los vivos / que a tu lado se abren al verte pasar con él.

Eran versos un poco extraños, a veces redundantes y poco resueltos. Pero de esa forma las cosas habían transformado el mundo, que era ahora más feliz. Y ella dormía tranquila, como duerme el señor de los caballos que sabe que los ha atado con firmeza para que no escapen. Dormía con la tranquilidad del relojero, que sabe que ha puesto cuerda una vez más al reloj de la calma. Pero los caballos nacieron para correr y los relojes se detienen si uno los olvida. Pero esas metáforas no parecían hacer mella en su intenso corazón.

Era feliz. Suspiraba junto a él y pretendía volar.

—¿Me llevarás por el cielo a ver todo desde más lejos? —decía ella mientras limpiaba su piel.

—Algún día lo haré, pero déjame dormir, que me canso —decía él.

Pero ella era feliz. Cantaba y tejía y olvidaba viejos rencores.

Pero las noches seguían siendo noches. Cuando el Sol con ella se dormía, lo miraba con envidia porque sus propios ojos no se cerraban. Todos dormían menos ella. O era que todos estaban muertos y ella estaba viva. O era que el frío era intenso pero percibía.

Ciertos días lloraba. Pero eran llantos solemnes, esos tipos de desahogo que cualquiera acepta para vivir en armonía. Miraba a lo alto y se sentía sola.

—¿Puedes pronunciar mi nombre? —le dijo una vez.

Pero ella solo lo vio irse al norte, lugar donde guardaba sus riquezas.

Ella sabía que ese lugar era uno de los pocos a los que nunca había ido.

—¿Me llevarás al norte? —decía ella sonriendo, con curiosidad, como queriendo hacerlo sonreír, porque hacía rato que él no emitía alegría.

—Tal vez algún día —y desaparecía en un caballo gris.

Ella se esmeraba. Ponía sus fuerzas para sostener el encuentro. Ponía sus esfuerzos para soportar el peso por sí sola.

Cuando sola se encontraba, hablaba con el viento. Pero no era un diálogo; más bien monólogos extraía. Lacónicas epifanías que a veces se asemejaban, o le recordaban, a los tristes sonetos de un réquiem que hacía tiempo había escuchado cuando su tío Efradin había muerto.

Efradin había sucumbido por el desenfreno y la codicia. Contaban los viejos registros notariales que Efradin había obtenido una inmensa riqueza. Y esa riqueza la había utilizado para comprar más riquezas. Pero pronto vino una comitiva del reino de Herplates reclamándole a Efradin una deuda inmensa. Pronto se descubrió que todo el capital que él poseía había sido un préstamo. Y la comitiva se fue y vino un ejército. Efradin murió en una emboscada al grito de «moriré sabiendo que nada fue mío».

Una noche no pudo más. Bajó al establo y montó el caballo de su padre. Le susurró al oído su rumbo. Testigos en lo alto de la muralla vieron cómo una bestia y su jinete, transformados en un terrible haz de luz, desaparecían entre los árboles en dirección al norte.


Él tomaba vino entre montañas plateadas. Rascó su piel reseca y pidió que los músicos tocaran algún ritmo ardiente. Los invitados comían con odio. Rasgaban carnes de ciervo mientras insultaban, atragantados, porque más hambre tenían. Y bebían más vino. Las bailarinas oscuras habían sido convocadas esa noche. Sus bailes eran sensuales y blasfemos. Sus cuerpos casi desnudos estaban rasgados por las garras de los comensales, que enloquecidos gemían. Bandejas de miel eran llevadas por los sirvientes y las vertían en los cuerpos de los invitados mientras bebían alcoholes más fuertes. El caos se había hecho festejo, la celebración del odio habíase hecho realidad esa noche. Cuervos revoloteaban en giros buscando a los primeros que sucumbían. Es que muchos se ahogaban de tanto beber y comer. Otros estaban demasiado embriagados para darse cuenta de que la miel había tapado sus narices, y morían exclamando gritos de auxilio que nadie parecía escuchar.

Ella cabalgaba con locura. Hacía tiempo que no lo hacía. Pero el suntuoso ritmo del corcel le trajo viejos recuerdos y apuró las riendas. Le faltaba poco para llegar adonde suponía que él habitaba.

A medida que se introdujo en las tierras prohibidas, los sonidos de un tambor se hacían más fuertes. Llegó a la entrada de un valle y miró a lo alto de una colina. Pero no vio lo que ella pensaba que iba a ver.

—Estoy construyendo un palacio donde juntos podamos vivir —le había dicho él una vez. Y ella sonreía.

Pero en lo alto de la colina no había un palacio. Más bien una tosca construcción rocosa y en el medio una inmensa fogata donde cuerpos bailaban alrededor. Empezó a trepar con furia contenida. Sintió tanta furia que se tornó invisible. Y trepó hasta llegar a la cima sin que los ojos de los que allí estaban detectasen semejante divinidad presa de ira mortal.

El olor a sangre y a miel le dio asco. Y vomitó. Y alzó sus ojos inyectados de sangre. No podía creer lo que sus ojos le contaban. Supuestamente, esa persona que la había cautivado era ese ser embriagado y lujurioso que lanzaba monedas mientras unas bailarinas oscuras lo mordían con rabia.

Entonces se hizo la luz. La música se detuvo. Él la miró a ella. Pero ya era demasiado tarde. Vio que de los ojos de ese ángel montado en un caballo salió un rayo de furia y de locura que al instante lo dejó sin vida. Todo objeto o ser que estuvo a menos de tres kilómetros de semejante explosión de energía murió. Los cuerpos, esa noche, no tuvieron ni tiempo de pudrirse al sol. Todo se desvaneció, la muerte fue entera y sin excepción.

Ella gritaba con más fuerza y odio. Si alguien hubiese podido estar vivo para ver semejante expresión de ira, hubiese visto el mismísimo rostro del demonio. Pero era solo una apariencia. Luego de un tiempo, todo se volvió silencio y ella cayó al suelo y comenzó a llorar. Lloraba como si fuera la única cosa que un ángel pudiese hacer. El caballo la subió a su lomo, desplegó sus alas y la llevó de vuelta al reino, dejando atrás una tierra incendiada, sin vida, que se fue apagando por el agua de las lágrimas que allí dejó, hasta que luego, en vez de tierra, hubo nada.

Años después, cuando de su lecho pudo enderezarse, bostezó. Su padre a su lado la observaba con incredulidad.

—Está viva —dijo, y la abrazó.

Ella sintió el abrazo más intenso que nunca había tenido. Y por días se quedó junto a él, entrelazados, mientras a su alrededor se celebró una fiesta donde todos entonaban versos de esperanza y libertad. Pero ellos nunca se dieron por enterados. Permanecieron abrazados.

Luego hubo una tormenta colosal. Los hombres de ese mundo permanecieron cobijados bajo los techos. Hubo un fuerte temblor. Ella tuvo miedo. Pero su padre sonrió. Fue el único que no sintió miedo.

—Padre, tengo miedo, ¿qué nos puede pasar ahora? —decía titubeando.

Pero el Rey solo atinó a contemplarla para calmar sus pesadillas. Luego de que la tempestad terminó, el Rey se acercó a ella y comenzó a hablar:

—Hija mía, años oscuros has vivido. Y fue por mi culpa. Por eso quiero terminar lo que he empezado. Tú estás condenada a ser feliz, a ser amada, porque eso es lo que dicen los libros. Además lo veo día a día en tus ojos. Siempre tuviste frío e intentaste cubrirte con buena voluntad, pero sin ver el verdadero camino. Debí alertarte de que tu inocencia era peligrosa, pero ahora veo que fue demasiado tarde y de alguna forma comprendo que te ha llegado la hora. Debes curar tu desgracia, porque para eso has venido. Sin más palabras te digo que he encomendado buscar el nombre de ese ser que llegará para coronarte. Y es en ese instante que serás realmente libre. Aunque claro, tu reino, como verás más adelante, no es este.

Ella no comprendió lo que su padre decía. Pero decidió confiar en él y cerrar los ojos. En esa oscuridad encontró la confianza que hacía tiempo había perdido.

Su padre encargó a sus hombres que buscaran el nombre. Ella se echó a dormir. Porque solo eso podía hacer mientras esperaba. La paciencia le daba somnolencia y el letargo fue total.

Soñó. Vio una gran muchedumbre que hacia ella venía. Cargaban vasijas de barro con agua que llevaban a tierras más secas. Ancianos y niños, madres buscando a sus hijos perdidos y robustos campesinos entonando graves canciones.

Y ahí fue cuando lo vio a él. Un extraño ser que caminaba con todos los demás. Le llamó la atención. Ese misterioso campesino se detuvo y se dio vuelta. La miró.

Ella emitió un leve gemido. Se sintió indefensa ante la mirada de él. ¡Ella! La que siempre había tenido el control. Se dio cuenta de que no era la primera vez que veía ese rostro y deseó poder verlo por siempre. Más bien, no era un deseo, era una necesidad. Porque nunca más pudo dejar de mirarlo. Era un ser que siempre había estado, pero que, silencioso, siempre de ella se ocultó. Es que era un cazador oculto. Se sintió desnuda. Sus piernas temblaron. Cuando pensó que iba a morir desvanecida, él la llamó:

Astro angelical centelleante / detén tu danza / tus ojos en mis oídos / no me dejan ver tu voz.

Ella dejó de respirar. Quiso ir hacia él pero no pudo. Hasta que se dio cuenta de que la distancia que los separaba era solo física. Porque en realidad él siempre había estado frente a ella. Como ahora repentinamente lo estaban. Frente a frente. Sintió su aliento. Sintió su calor. Él acarició su pelo. Miró sus ojos. Ya no eran negros. Eran del fuego eterno. Él comenzó a hablar.

—Me pregunto cómo he hecho para soportar tanto silencio —dijo él.

—Ahora sufro por todo el tiempo pasado, que es perdido —dijo ella.

Y así siguieron largos días de lentas conversaciones. Como oraciones. Diálogos divinos.

Pero llegó el momento en que los labios de ella no soportaron más ardor. Y se acercó para besarlos. Pero lo único que vio fue el rostro de su padre.

Fue el sueño más cruel que tuvo en su vida. Sintió la agonía más filosa en su pecho. Aunque ella veía la sangre que brotaba por sus venas, los demás no, porque no comprendían semejante angustia.

—He conseguido el nombre —dijo su padre, despertándola.

Y mandó a llamar al dueño de ese nombre. Ella cerró los ojos y deseó, por primera vez en su vida, morir y morir nuevamente. Porque lo único que deseaba era dejar de existir y reencontrarse con esa persona que siempre había buscado.

Abrió los ojos y vio a su padre junto a un sujeto de cabellera larga y oscura. Y se quedó muda. Nunca más emitió verso alguno. Era él, el que había soñado con locura. Ese hombre que su padre le había traído era el que sus labios habían buscado con tanta rabia. Pero ahora no estaba vestido con ropa de campesino. Tenía un uniforme real. Y vio que tenía alas, como las de ella.

Y lo besó. Y no vio más nada. Porque ya sus ojos eran inútiles. Y lo abrazó. Y tuvo la sensación de que lo único que había hecho desde el momento en que había nacido era abrazarlo.

Su padre vio cómo los dos cuerpos se besaban. Vio cómo esos dos cuerpos, enfundados en una pasión astrológica, caían al suelo. Ambos murieron. Ella y él. Muertos.

Todos los allí presentes gritaron asombrados.

—No se preocupen —dijo el rey—. Se han ido al reino al que ellos pertenecen. Un reino que no es el mío. Donde juntos serán Rey y Reina, como yo aquí lo he sido.

Y el coro cantó:

Tendrás mil hijos / y serás la emperatriz.

FIN


LA EMPERATRIZ

Por Tomás de Marcos

Para S. T.

Imagen: The Empress, 2023 de Jose Lopez Vergara