La Mujer y la sed
Tal vez, entre las prácticas que todo hombre alguna vez deseó hacer con una mujer de la cual estaba enamorado, era simplemente existir, respirar junto a ella. Pasar el tiempo abrazado a ella.
No es una práctica muy habitual, y la mayoría de las veces, ambos se recuestan para desnudarse, para dormir, para ver una película o para sentarse a discutir.
Pero de alguna forma u otra, todas esas actividades pueden terminar en el abrazo y en el sillón.
Hay pocos momentos en los que el hombre se siente realizado. Uno de ellos es permanecer por unos instantes abrazado a la mujer que quiere. Después de eso, las cosas casi nunca pueden salir tan mal. Porque en el fondo, si algún día hemos de partir de este mundo, nada importa salvo no sentirse tan solo.
La soledad, a pesar de todo, no es una condena, no es un resultado provocado por el hecho de haber querido estar solo o haber odiado a todos para que nadie se acerque a abrazarnos. La soledad es como la sed, es algo que se provoca por la falta de algo. Y podremos sentir mucha, mucha sed, pero siempre sabiendo que habremos de encontrar un río de agua cristalina que remueva la sequedad de nuestra garganta y disfrutemos ese momento tan único.
La soledad es, de alguna forma, una sed provocada por saber que alguien va a curar nuestra soledad, nuestro vacío interior.
Pero el hecho de encontrar ese río cristalino implica que debemos cuidarlo, debemos protegerlo, administrarlo, no abusar ni desvalorarlo. Porque entonces, ese río se puede secar.
Por eso el hombre, el varón, supera sus metas y alcanza sus límites motivado por ese río cristalino que le exige que lo cuiden, que lo respeten.
El séptimo día Dios descansó. Y vio que era bueno. Había animales, había estrellas, había plantas, había noche y día, y había inventado al hombre, pero como vio que estaba solo, creó a la mujer. La mujer sin el hombre no puede vivir.
A la gran mayoría de los hombres nos gusta estar solos. Pero a la hora de estar abrazado a ella, entenderá que todo lo que hizo en su vida, todos esos momentos de soledad, fueron solo un gran deseo contenido, unas enormes ganas de encontrar un río cristalino, de encontrarla a ella, para que lo abrace. Y eso es lo más interesante del asunto.
Cada vez que tomamos mucha agua, nos olvidamos de la sed. Y por eso, aunque se hayan recibido muchos abrazos, siempre el abrazo de ella se sentirá como si fuera la primera vez.
Tomás Dionisio de Marcos 2009
Portada: Mark Rothko No. 61 (Rust and Blue), 1953, 115 cm × 92 cm (45 in × 36 in). Museum of Contemporary Art, Los Angeles