Mirar y darte cuenta que se hizo de noche

Mirar y darte cuenta que se hizo de noche

No hay atardeceres intrascendentes, ni siquiera cuando uno no los contempla. En pocos movimientos, todo se hace de noche. Es un instante que no tiene pasado ni futuro.

En algún sentido, los atardeceres se parecen a esa mirada única de una mujer que, conversando con una persona, se da cuenta de que está enamorada. No es algo que uno puede prevenir o anticipar. Generalmente sucede en medio de una conversación, donde ambos se miran y negocian sujetos y predicados. De repente, todo se hace silencio y sucede ese microsegundo eterno en el cual uno se congela y luego se produce una autorreflexión: —Creo que me enamoré—.

En ese instante en donde probablemente nazcan más células que las que mueren dentro de nuestro cuerpo, todo puede pasar. Rechazos, idas y vueltas, angustia o, tal vez, matrimonio. El final no es lo importante. Lo que sí importa es que a pesar de la globalización y de que no dejamos de mirar las pantallas, mirar a los ojos a una persona sigue siendo el acto más humano y placentero del mundo. Y ese instante en el que uno se da cuenta de que el otro es uno, lo que algunos poetas llaman el amor, es casi tan especial como los atardeceres. Simplemente suceden, no hay que esperarlos.

Si la vida es un tren, el amor es una estación. Sin estación, no hay tren.

 

T.D.d.M

2017