Nada es absoluto
Nadie te va a querer hasta el infinito, pero, ¿necesitás a alguien que decida estar con vos sabiendo que nunca se va a terminar? El infinito tiene cosas que la vida nunca va a entender. Por lo pronto, la Panamericana es como infinita, pero sabés que termina. Subirse a una moto por una ruta en la que no importa cuándo llegar, es revivir la sensación de que somos personas que vivimos la vida a través de líneas verticales. Nuestros ojos están preparados para ver para adelante, y a lo sumo, un poco por los costados, pero, sabiendo que observar por el costado es un punto de vista limitado, que está cargado de filtros de Instagram muy subjetivos, lo mejor es confiar en lo que tenés por delante, sea presente o futuro. Y ¿el pasado? El pasado es parte del presente, pero está en un costado. Vos elegís mirarlo si querés, pero vale la pena olvidarse un poco de él.
Todo lo que uno observa en realidad es un ida y vuelta. Observar es comunicarse. No existe mirar sin recibir nada a cambio. Eso supongo que se llamaría pre-nacimiento. Todos sabemos que algún día vamos a morir, y tal vez haya una vida después de la vida. ¿Pero antes? Nuestro futuro es incierto, pero el pasado, antes de que nosotros hayamos nacido, nadie lo sabe. Si yo existo, es porque me doy cuenta de que un día comencé a existir. Siento agonía cuando leo la historia de la civilización. Tantas personas hubo antes de mí. Leer el artículo de Wikipedia sobre la peste negra y encontrarse con el hecho de que “Aproximadamente 25 millones de muertes tuvieron lugar solo en Europa junto a otros 40 a 60 millones en África y Asia” es francamente un número difícil de entender.
Antes de nacer había nada. ¿Y antes? Tenemos la característica innata de nacer con cuatro o cinco dudas metafísicas que probablemente están presentes en cada minuto de nuestra existencia. En esas situaciones cotidianas como lavarse los dientes o pagar un café, esas cuatro o cinco dudas se hacen presentes y nos dicen cómo seguir, cómo actuar. No en vano decían que lo importante es conocerse a uno mismo. Ahora bien, luego de dos o tres mil años de vida, podemos afirmar que nacimos para estar con el otro. Lo importante es conocerse a uno mismo, porque en el fondo, uno mismo es el otro. Puede sonar un poco demagógico “el otro”, pero es que en ese ser, está tal vez, la respuesta a ¿qué era de mí, antes de que yo naciera? ¿Dónde estaba yo cuando Julio César ganaba en Tapso?
Simple. Nosotros existimos para el otro. Porque, cuando hablamos con el otro, en realidad, hablamos con nosotros mismos. La mejor forma de conocernos es a través del otro. Hablar con un amigo es conversar con tu alma. Discutir con tu pareja es pelearse con las contradicciones de nuestra propia mente que solo piensa en sobrevivir.
Si nos diesen dinero infinito en un lugar con comida, agua y cualquier tipo de bien material pero nos dicen que debemos estar solos, ¿para qué vivir? Nuestros genes buscan, como un imán, al otro. Para besar, matar o abrazar. Pero ahí es donde quiero remarcar que hay un telón de fondo mucho más egoísta. Nosotros necesitamos al otro para entendernos. La psicología, sobre todo el diván de Freud, es el símbolo más carnal de esa necesidad de poder resolver nuestros enigmas a través de la “talking cure”, de “largar todo” y recibir palabras del otro para aliviar nuestro dolor.
Cada segundo que pasa, siento que hablar con otro es hablar conmigo. Porque en el fondo, solo somos uno.
Es importante conocerse a uno mismo, pero, para conocerse a uno mismo, es necesario el otro.
Yo no hablo con vos, hablo conmigo a través tuyo. Yo sé que existo a través tuyo. Si me soltás en una isla con todo lo que yo quiero pero sin seres humanos, ¿estoy vivo?
La única forma de darse cuenta de que estamos vivos es a través del otro. Te levantás a la mañana, te lavás los dientes y salís de tu casa. Cuando la primera persona que se te cruza se percata de que pasaste por su lado, es una señal de que estás vivo. Es algo que sucede dentro de nuestro inconsciente, pero no podemos negar que cada mañana suceden dos o tres comprobaciones mecánicas para certificar que efectivamente pertenecemos a este mundo.
La soledad uno la elige. Es solo una forma de estar en compañía a futuro. Uno no puede estar solo si antes no lo estuvo. Para la soledad, primero debe haber una no-soledad. Para sentir un desamor, antes tiene que haber amor.
La única cosa que parece no comprobarse frente a su opuesto es la vida. ¿Para sentir que uno está vivo, antes se debe estar muerto? No, porque antes de nacer no estábamos muertos. (Me sorprenden las pocas películas que hay sobre la vida después de la muerte y más aún, la vida antes de nacer).
Si nacimos, es porque alguien nos necesitaba. Por eso lo importante es conocerse a uno mismo a través del otro. Dialogar, abrazar e indagar a los otros nos va a hacer felices. Por sobre todas las cosas, esa felicidad que se genera en el otro bien podría definirse en el acto de “perdonar”. Pero para perdonar, primero habría que pelearse, cosa que no recomiendo.
Para estar quebrado, primero hubo que tener millones, dicen los californianos.
Nos gusta la playa, porque ahí es donde nos imaginamos el mejor escenario para disfrutar al otro. Pero para qué decir “el otro” cuando puedo hablar de vos. Sí, vos, princesa de todo lo que no he sido.
T.D.d.M
foto : Hilaire-Germain-Edgar Degas: ‘Beach Scene’ 1869